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| Faro
de la Paloma |
El
territorio uruguayo es suavemente ondulado.
Su relieve es una prolongación
de las estribaciones del sur del Brasil,
pertenecientes a un macizo antiguo,
el Guayánico Brasileño.
Su altitud media es de 300 metros sobre
el nivel del mar, lo que unido a su
ubicación y a su latitud, determina
que posea un clima templado subtropical
húmedo, con precipitaciones distribuidas
a lo largo del año. Existe un
tapiz vegetal casi continuo de pasturas
naturales, aptas para la cría
de ganado bovino y ovino. Su territorio,
bien regado por numerosos cursos de
agua, presenta algo más de 1.100
Kms. de aguas navegables, especialmente
sobre los ríos Negro y Uruguay
y sobre el estuario del Plata. El litoral
ofrece, además, una sucesión
de playas arenosas que atraen a numerosos
turistas. Hay creciente contaminación
de los departamentos norteños
a raíz de las emisiones de la
planta termoeléctrica de Candiota
(Brasil), mientras los cursos de agua
sufren por el uso de agrotóxicos.
Se observa una creciente pérdida
de los ecosistemas de la pradera y de
los humedales del Este, debido a los
monocultivos de árboles y de
arroz, respectivamente.
Gran
parte de los uruguayos desciende principalmente
de inmigrantes españoles, italianos
y otros europeos. Investigaciones históricas
y genéticas recientes tienden
a demostrar que una parte importante
de la población también
tiene ascendencia indoamericana. Los
descendientes de esclavos africanos
se calculan en 8% del total de habitantes
del país.
Origen
del Movimiento Cooperativo Uruguayo
"Hoy
no solamente el obrero no abdica de
su libertad, a la omnímoda voluntad
del propietario, sino que es tan propietario
como éste y con tal derecho e
igualdad de condiciones se le acerca
y le dice: 'Es necesario educar al hombre
que con su sudor y su trabajo os da
esa fortuna que ostentáis ante
los ojos del mundo: convenid con nosotros
que es necesario disminuir el horario
y dar más descanso a los que
única y absolutamente debéis
la posición que ocupáis.
Nada os imponemos, sino que propietarios
como vos, venimos a pediros prestéis
vuestro contingente a fin de que la
clase proletaria viva en el futuro más
desahogada'. Este lauro de la libertad
y el derecho ha sido conquistado a costa
de cruentos sacrificios por la Sociedad
Cooperativa Tipográfica"
La
Voz de la Cooperativa, 15 de febrero
de 1890
Este reclamo de respeto a la vida y
derechos de los trabajadores, realizado
en nombre de tipógrafos "emancipados"
en su cooperativa, estaba dirigido a
los empresarios de Montevideo y es revelador
de una de las perspectivas que dieron
espacio y justificación al cooperativismo
del Uruguay de fines del Siglo XIX,
la de constituirse en una alternativa
que permitiera a los obreros, en el
seno de emprendimientos solidarios,
liberarse de la tutela y explotación
empresarial. Ese fue el propósito
de la Sociedad Tipográfica
Uruguaya, fundada el 1º de
enero de 1889, con un capital social
de $ 8.000. Sin duda que la inexistencia
de leyes específicamente cooperativas
sólo permitían que el
espíritu de fraternidad y trabajo
cooperativo de algunos grupos de obreros,
se canalizara a través de la
forma jurídica de sociedades
anónimas. En el caso de esta
entidad, "La voz de la Cooperativa"
fue la "representación en
la vida periodística" de
aquella que, en noviembre de 1889 había
cerrado trato para la adquisición
de la Imprenta Cooperativa que abriría
sus puertas en los inicios del 90.
Pero
no fue este el único caso, aunque
es de difícil determinación
su verdadero carácter. Por ejemplo,
en 1877 se creo una Sociedad Cooperativa
de Mucamos y Cocineros, mientras
que la Asociación Cosmopolita
de Socorros Mutuos y Cooperativa de
Peluqueros y Barberos "El
Arco Iris" se fundó
en 1880, la "Sociedad Cooperativa
de Construcción de Casas"
en 1883, la "Sociedad Cooperativa
de Consumo" en 1888, la "Sociedad
Cooperativa de Consumos de Carne"
en 1889, a su vez en 1890 fue creada
una "Sociedad Cooperativa de
Zapateros" y la "Sociedad
Cooperativa de Cartoneros"
en 1901, entre algunas de las conocidas.
Es más claro el caso de otra
Sociedad Tipográfica Cooperativa:
"La Capital", fundada
en 1878. Esta existió desde aquel
año para finalmente desaparecer
1880. Es probable que algunas de estas
experiencias derivaran hacia una propiedad
por acciones de tipo capitalista en
los casos en que el compromiso con lo
cooperativo fuera débil o no
pasara de su denominación.
Pero
hay otros trazos de la presencia del
cooperativismo en el ocaso decimonónico
del Uruguay. Este país urbano
y su capital, eran muy abiertos a las
informaciones procedentes del mundo.
De modo que no es extraño que
los lectores tuvieran conocimiento casi
inmediato de las cooperativas de consumo
y de producción europeas. Entre
ellos se encontraban los tipógrafos,
intermediarios entre el cable internacional
y el público, lo que explica
tal vez, su pionerismo cooperativo.
Veamos
algunos aspectos de la presencia cooperativista,
que habría de cobrar creciente
importancia como alternativa entre las
décadas de 1870 y 90. Ya Adolfo
Vaillant -inmigrante francés
y primer estadígrafo de este
país- dictó en Montevideo
un ciclo de conferencias sobre el cooperativismo,
en 1875. Estas se realizaron en el local
de la Logia Masónica "Les
Amis da Patrie" y en la "Sociedad
Francesa de Socorros Mutuos".
En ellas Vaillant partió de la
definición del Grand Dictionnaire
Universel du XIX Siecle de Pierre Larousse,
donde se dice: "Las Sociedades
Cooperativas, que están destinadas
a transformar completamente la situación
de las clases obreras, son de origen
moderno. (...) La teoría de las
Sociedades Cooperativas consiste en
eliminar la intermediación en
ciertos casos buscando una relación
más inmediata productor/consumidor.
Estas Sociedades se pueden reducir a
tres tipos, Sociedades de Consumo, de
Crédito Mutuo y las Sociedades
de Producción. Dichas sociedades
tienen por objeto, retener para los
socios los beneficios que hace el empresario
o patrón...". Vaillant se
refirió a la consideración
jurídica que en diferentes países
de Európa se hacía a las
cooperativas y a su origen vinculado
a la experiencia de Rochdale de 1844.
En
una de sus charlas Adolfo Vaillant se
refirió al Congreso de Cooperativistas
Ingleses celebrado en Londres entre
el 29 y el 31 de marzo de 1875. En ella
citó y elogió la intervención
de Tharold Rodgers en ese Congreso,
quien se refirió a que "el
mayor servicio que presta la cooperación
no está solamente en el hecho
de las ideas de previsión y economía
que inculca a los obreros, ni está
en la supresión de un gran número
de intermediarios inútiles, (...)
la gran ventaja que ofrece la cooperación
consiste en la sustitución en
las relaciones entre trabajo y capital,
de un sistema imperfecto por un sistema
racional".
La
importancia de esta interpretación
del cooperativismo como factor de democratización
del capitalismo y aún como alternativa
a la lucha de clases planteada por el
socialismo (anarquista o marxista) no
fue advertida en su plenitud -por los
intelectuales liberales del Uruguay-,
sino más tardíamente.
Debieron mediar para ello importantes
luchas sociales, como la huelga de 500
trabajadores de las fideerías
de Montevideo, producida en 1884. Luego
de discusiones sobre la "excepcionalidad"
uruguaya "país vacío",
"donde el brazo llama al brazo"
en el cual "el obrero es apreciado
y mejor retribuido" irrumpió
la primer huelga industrial del Uruguay
-en doce establecimientos molineros-,
la que fuera dirigida por los internacionalistas
montevideanos que, desde 1872 habían
creado la Asociación Internacional
de Trabajadores (AIT) de Montevideo.
La aparentemente ausente "cuestión
social" sacudió a los periodistas
y propagandistas liberales que -a consecuencia
de la huelga- reconocieron que "tenemos
iniciada en Montevideo la lucha entre
el capital y el trabajo. Esta lucha
es una verdadera anomalía en
un país como este", como
dijo El Siglo. No obstante en el seno
de los internacionalistas también
fue planteado que "trabajando cooperativamente
(...) no existirá, el antagonismo
entre el capital y el odio de clases
se habrá extinguido (...)".
Cuando
el 1º de mayo de 1890 se conmemoró
en Montevideo y en el mundo, por primera
vez, la "huelga universal"
en contra de "la explotación
del hombre por el hombre", numerosos
diarios de la capital reflexionaron
sobre la solución a las tensiones
sociales. Algunos reclamaron más
represión, otros advirtieron
a los gobernantes acerca de la importancia
de "dulcificar la situación
del obrero" y la necesidad de "armonizar"
los intereses de los trabajadores y
empresarios. Fue en este contexto de
búsqueda de soluciones cuando
el planteamiento de la alternativa cooperativa
cobró renovado interés.
De este modo El Siglo, en julio de 1890
señaló que "La Asociación
Cooperativa es quizá la única
y en todo caso la más poderosa
entre todas las que se predican, para
dar a los trabajadores su emancipación
completa. El capital colectivo, fruto
del ahorro y obtenido por los medios
con que todo el capital privado se obtiene,
encierra, a no dudarlo, el secreto de
la evolución, mucho más
segura en sus efectos y más apetecible
en su procedimiento que los de la innecesaria
y dañina revolución".
El
surgimiento del cooperativismo fue,
entonces, un tema menos anecdótico
e inocente de lo que parece, y estuvo
cargado de un contenido simbólico
en el contexto de un mundo en el que,
en medio de incertidumbres y esperanzas,
muchos de los problemas y soluciones
fueron asumidos también por trabajadores
que reflexionaron acerca de, y organizaron,
cooperativas, sintiendo que su destino
dependía, en gran medida, de
su obra y acción fecunda.
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| Confederación
Uruguaya de Entidades Cooperativas |
En el año 1984, las organizaciones
de representación de las distintas
modalidades, crearon la Mesa Nacional
Intercooperativa (MNI), con la finalidad
de promover una mayor colaboración
entre los distintos tipos de cooperativas,
hasta que en 1988 se constituye formalmente
la Confederación Uruguaya
de Entidades Cooperativas (CUDECOOP),
asociación civil sin fines de
lucro, concebida como la organización
cúpula del movimiento cooperativo
uruguayo.. Este movimiento forma parte
del denominado "tercer sector",
o sector de la "economía
social". A nivel mundial, se ha
ido generando una conciencia creciente
sobre la importancia de este sector,
a partir del reconocimiento de sus peculiaridades
y de su perfil adecuado para prestar,
de modo eficiente, servicios de contenido
social. El cooperativismo hace una contribución
importante en materia de generación
de empleo, la que podría ser
mucho más significativa si se
eliminaran ciertas limitantes legales
y administrativas y si se creara un
marco propicio para la aplicación
de experiencias extranjeras innovadoras
en esta materia (sociedades anónimas
laborales, cooperativas de autoempleo,
de servicios múltiples, sociales,
bolsas de trabajo, entre otras).
Cooperativismo
uruguayo hoy
Según el Segundo Relevamiento
de Cooperativas efectuado por CUDECOOP
en 1999, la suma de los padrones sociales
de las más de 1.200 cooperativas
detectadas supera a los 800.000 afiliados
individuales. Si bien muchos uruguayos
pertenecen a más de una organización
cooperativa a la vez, esta cifra da
una idea de la magnitud alcanzada por
la actividad del movimiento en los últimos
años. Desde su nacimiento, la
Confederación asocia a la totalidad
de las instituciones representativas
de los sectores cooperativos existentes
en el país (agropecuarias, ahorro,
consumo, viviendas, trabajo asociado....)
lo que la convierte en una organización
con una amplísima base, integrada
por personas de las más diversas
extracciones sociales, económicas
y políticas.
Las
cooperativas agrarias como entidades
jurídicas formales surgen en
el Uruguay en 1941, a partir de la aprobación
de la Ley 10.008. Sin embargo, el cooperativismo
en el sector agrario tiene una historia
muy anterior, que se remonta a las primeras
décadas del siglo XX,con la aparición
de las primeras Sociedades de Fomento
Rural y los Sindicatos Agrícolas,
organizaciones solidarias con un funcionamiento
muy similar a las actuales cooperativas
agrarias.
El
modelo cooperativo demostró ser
una respuesta adecuada de los productores
agropecuarios para enfrentar la atomización
productiva. De este modo, en las décadas
siguientes surgieron una gran cantidad
de nuevas cooperativas agrarias, diseminadas
a todo lo largo del territorio nacional,
como una alternativa empresarial solidaria
para satisfacer las necesidades de comercialización,
de aprovisionamiento de insumos, de
almacenaje y de transferencia de tecnología.
Como respuesta a la necesidad de las
cooperativas agrarias de contar con
una única expresión gremial
que defendiera sus intereses, promoviera
el desarrollo cooperativo como instrumento
para el mejoramiento de la calidad de
vida de pequeños y medianos productores
y representara al cooperativismo agrario
a nivel nacional e internacional, surgió
Cooperativas Agrarias Federadas CAF.
A mediados del año 2000, CAF
contaba con unas 60 entidades miembros
(cooperativas de primer y segundo grado
y sociedades de fomento rural), las
que en su conjunto nuclean a más
de 20.000 pequeños y productores
rurales de los más diversos rubros
productivos y de todas las zonas del
país.
Las
primeras cooperativas de producción
aparecieron en los primeras décadas
del siglo XX, pero comienzan a manifestarse
con mayor intensidad a partir de la
década del 50, cuando la crisis
económica del país lleva
a algunos trabajadores a asumir la gestión
de ciertas cooperativas.
En
las cinco décadas siguientes
el sector se ha ido extendiendo a los
más diversos sectores, aplicando
el modelo de empresas gestionadas democráticamente
por los obreros, técnicos o administrativos
que participan directamente de la actividad
laboral. Hoy en día, existen
más de 300 entidades cooperativas
de este tipo, las que dan trabajo a
más de 8.000 uruguayos, en un
amplio espectro de ramas de actividad:
industriales, artesanales, de transporte,
de educación y de salud, entre
otras.
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| Camión
de Trasporte Antiguo |
Uno
de los subsectores más importantes
del movimiento cooperativo agrario es
el lácteo, entre otras, se puede
destacar la labor hasta el momento realizada
por una de las cooperativas más
importantes del país: la Cooperativa
Nacional de Productores de Leche CONAPROLE,
Esta cooperativa fue fundada el 1°
de junio de 1936, en una época
en la en la que los productores no tenían
asegurada la venta diaria de su producción,
la población no tenía
asegurada su alimentación, y
el Estado no podía garantizar
la higiene del producto. Tratando de
solucionar todos esos problemas nace
la mayor industria privada del país,
en un proceso que se gestó en
los salones del Ferrocarril Central
del Uruguay, donde sesionaba su directorio
honorario. Cinco empresas, tras arduas
negociaciones del Estado pasaron a formar
el patrimonio inicial de esta Cooperativa
que aseguró a todos los productores
la compra de su leche, le aseguró
a la población el abastecimiento
diario, a la Intendencia Municipal del
Montevideo la higiene de la producción,
y al estado una administración
transparente.
Durante el año 1998, recibió
más de 785 millones de litros,
el 70 % de la producción nacional
de la leche procesada en plantas industriales.
Su facturación anual supera los
320 millones de dólares, correspondiendo
al mercado interno más del 60
% de la misma. Sus socios cooperarios,
son actualmente 3020 y sus establecimientos
se encuentran distribuidos en prácticamente
todo el territorio nacional ocupando
un área de 400.000 Hectáreas.
Posee 12 plantas industriales y ocupa
2200 personas entre operarios, técnicos
y administrativos. Esta empresa, premiada
como la principal exportadora, ha llevado
la marca a más de 20 países
en el mundo.
Desde
su surgimiento en la segunda mitad de
los años '60, las cooperativas
de vivienda por ayuda mutua del Uruguay
han demostrado ser una de la experiencias
latinoamericanas más completas
y eficientes de producción social
del hábitat popular urbano. El
control ejercido por las cooperativas
en todas las etapas del proceso de construcción,
la eliminación de intermediarios
y el aporte solidario de trabajo bajo
la modalidad de ayuda mutua, han dado
por resultado viviendas de menor costo
y mejor calidad que las producidas por
el Estado y los promotores privados.
A diferencia de otros proyectos de vivienda
de interés social, el cooperativismo
ha aportado a la ciudad conjuntos habitacionales
de alto impacto en el mejoramiento de
las condiciones de vida de los sectores
populares.
La calidad, la funcionalidad y aún
los valores estéticos de las
viviendas, los espacios públicos
y los servicios colectivos, evidencian
las aspiraciones y necesidades concretas
de cada comunidad, por oposición
a la uniformidad y la baja calidad de
los proyectos públicos y privados
dirigidos a destinatarios remotos y
anónimos. El grado de organización
alcanzado durante la etapa de ayuda
mutua se extiende a la etapa de post-obra
a través del desarrollo de una
red nacional de servicios sociales autogestionados
por los usuarios en las reas de salud,
alimentación, educación,
cultura y esparcimiento. Estas cooperativas,
a partir de la fundación de FUCVAM
-la federación que las integra
en todo el país- se constituyeron
en un movimiento social fundamental
en la resistencia a la dictadura militar
(1973-1985) y en la reconstrucción
social y económica del país
en el período post- autoritario
(1985 al presente).
Por
motivos de orden puramente ideológico,
el gobierno uruguayo pretende bloquear
la expansión de este sistema,
argumentando que el libre juego del
mercado proveer las soluciones al déficit
habitacional del país (100.000
unidades, según datos oficiales).
En la actualidad, están federadas
en FUCVAM 278 cooperativas (12.165 hogares).
En el Ministerio de Vivienda están
registradas 160 cooperativas (6.500
hogares) en distintas etapas de trámite
del crédito para construir. En
el Plan Nacional de Vivienda 1995-1999
se dispusieron recursos para la construcción
de sólo 300 viviendas nuevas
en todo el quinquenio; ello significa
marginar una alternativa de producción
y gestión habitacional que ha
demostrado ser la más apropiada
en términos sociales, económicos
y urbanísticos.
La
historia de las cooperativas de vivienda
por ayuda mutua se inició en
el Uruguay en el año 1966, a
partir de una experiencia piloto desarrollada
por el CCU/Centro Cooperativista Uruguayo,
una organización no gubernamental
dedicada al apoyo técnico a iniciativas
de desarrollo social y económico
de base autogestionaria. Posteriormente,
al fundarse FUCVAM/Federación
Unificadora de Cooperativas de Vivienda
por Ayuda Mutua en el año 1970,
las cooperativas de base se integraron
en un movimiento social urbano orientado
a promover el desarrollo de la propuesta
cooperativista en el marco de las políticas
nacionales de vivienda. El cooperativismo
de ayuda mutua está presente
en prácticamente todas las ciudades
del país. Inicialmente, las cooperativas
se proponían la construcción
de vivienda nueva en los barrios periféricos.
En los últimos cinco años
algunas cooperativas han desarrollado
proyectos de reciclaje de viviendas
en las áreas centrales de Montevideo,
en el contexto de un programa de rehabilitación
urbana del gobierno municipal. La mayor
parte de las tierras accesibles para
las cooperativas han sido generalmente
las de menor costo relativo, en localizaciones
suburbanas que implicaban la necesaria
extensión de las redes de servicios
(electricidad, agua potable, saneamiento),
de las vías de circulación
y el transporte colectivo, de los centros
educativos y de atención sanitaria,
y de los locales de abastecimiento para
el consumo familiar.
Las cooperativas asumieron la gestión
y gran parte de los costos de estos
servicios, en forma autogestionaria
o en co-gestión con los organismos
del Estado, al tiempo que han liderado
la organización y la movilización
barrial en demanda de mejoras en la
cantidad y calidad de la infraestructura
urbana. Históricamente, la identidad
social y cultural de las cooperativas
de ayuda mutua ha estado determinada
por su origen en gremios y barrios populares
constituidos por sectores asalariados.
El nombre de las cooperativas matrices
denota el sindicato o el asentamiento
de origen de las mismas. Como resultado
de la acelerada pauperización
de la clase obrera uruguaya y el paralelo
crecimiento del sector informal de la
economía resultante de la aplicación
del modelo neoliberal, en los años
90 se constituyeron cooperativas conformadas
por familias de ingresos más
bajos y sin antecedentes de militancia
sindical, que orientaron el establecimiento
de nuevas pautas de organización
y administración cooperativa
(aunque manteniendo los valores y la
estructura organizativa tradicional
del movimiento cooperativista).
Las
primeras tres cooperativas de vivienda
por ayuda mutua del Uruguay comenzaron
a construirse en el año 1966,
con el asesoramiento del CCU, como una
experiencia piloto financiada por el
gobierno nacional con un préstamo
del Banco Interamericano de Desarrollo
(BID). Hacia fines del año 1969,
al evaluarse todos los programas de
vivienda social construidos o en construcción
por el sector privado o por el Estado,
estas tres cooperativas pioneras evidenciaron
los mejores resultados en costos y calidad
de producción. Con la inclusión
del sistema cooperativo en la Ley Nacional
de Vivienda (No. 13.728) del año
1968, la alternativa cooperativa alcanzó
una rápida extensión en
todo el país. Los años
inmediatamente posteriores a la aprobación
de la Ley fueron los momentos de construcción
a gran escala: de tres proyectos construidos
en 1969 se pasó a una realidad
de 210 cooperativas (6.700 viviendas)
en 1971. Entre 1970 y 1973 miles de
familias de origen obrero se organizaron
en cooperativas, con el asesoramiento
técnico de los Institutos de
Asistencia Técnica (IATs) reglamentados
en la Ley.
Hasta
el año 1975 el movimiento cooperativo
fue el principal destinatario de los
préstamos del Fondo nacional
de Vivienda (FNV): uno de cada dos préstamos
aprobados por el Banco Hipotecario del
Uruguay (BHU) correspondía a
cooperativas de ayuda mutua. La fundación
de FUCVAM, en 1970, fue un factor fundamental
en la consolidación de las cooperativas
de ayuda mutua como fuerza social, transformándose
en poco tiempo en uno de los más
poderosos movimientos sociales de la
historia uruguaya contemporánea.
Desde sus orígenes, la federación
obtuvo importantes logros que contribuyeron
a la expansión de la propuesta
cooperativa: mayor y más rápida
disponibilidad de tierra para los grupos
de ayuda mutua, aceleración de
los procedimientos administrativos para
la aprobación de las personerías
jurídicas y mejores y más
justas condiciones de amortización
de los préstamos del FNV. En
el contexto de la crisis socio-política
que caracterizó al Uruguay de
los años 70, las cooperativas
organizadas en FUCVAM se involucraron
activamente en el proceso de cambio
social.
Esta
naturaleza dual del movimiento cooperativo,
al mismo tiempo un sistema de producción
y gestión habitacional y un movimiento
social, ha sido un rasgo permanente
en la historia de esta experiencia.
Esta misma condición fue la razón
que determinó que las cooperativas
fueran objeto de la represión
militar durante la década autoritaria
(1973-1984) y es una de las razones
que explican la marginación de
la propuesta cooperativa en las políticas
habitacionales del período democrático
(1985 al presente). Junto al colapso
de las instituciones constitucionales,
se produjo el desmantelamiento del marco
institucional que había sido
establecido por la Ley Nacional de Vivienda.
Todas las actividades y responsabilidades
referidas a programas habitacionales
fueron transferidas a una institución
financiera: el Banco Hipotecario del
Uruguay. Los criterios de "interés
social" que habían motivado
la aprobación de la ley Nacional
de Vivienda fueron substituidos por
criterios de rentabilidad bancaria.
Los sistemas promovidos hasta entonces,
que habían marcado la "orientación
social" de la inversión
pública en vivienda -cooperativas,
fondos sociales, sistema público-
fueron bloqueados.
En
1976, la dictadura aprobó un
decreto a través del cual se
suspendían las personerías
jurídicas y los préstamos
del BHU a las cooperativas. La crisis
del cooperativismo iniciada entonces
se extendería hasta los tiempos
actuales: de representar el 45% de la
inversión nacional en vivienda
social, las cooperativas de ayuda mutua
pasaron a tener una participación
inferior al 3% en el total de los programas
en construcción en 1980. Al tiempo
que algunos espacios para la expresión
social y política de base comenzaban
a abrirse a principios de los '80, el
movimiento cooperativo pasaba a asumir
un rol preponderante en la lucha popular
pro-democrática. En diciembre
de 1983, el gobierno militar decretó
el pasaje compulsivo de las cooperativas
de usuarios (de propiedad colectiva)
al régimen de propiedad horizontal
(propiedad individual); la reacción
de FUCVAM no se hizo esperar: apelando
a un derecho constitucional se inició
una campaña de recolección
de firmas orientadas plebiscitar la
abolición del decreto autoritario.
En una jornada (26/04/84), con el apoyo
de miles de brigadistas del conjunto
del movimiento popular, FUCVAM recolectó
300.000 firmas, que ascenderían
a más de medio millón
al concluir la campaña tres meses
después. Este conflicto fue heredado
por el gobierno civil que asumió
el poder en 1984; el decreto anti-cooperativo
recién fue derogado en 1986,
en el marco de un debate político
que continúa hasta el presente
(el actual gobierno propone nuevamente
eliminar la identidad "anacrónica"
de las cooperativas de usuarios). En
1990 se creó el Ministerio de
Vivienda, Ordenamiento Territorial y
Medio Ambiente (MVOTMA).
En
total coincidencia con la política
económica vigente en el país
desde 1973, el principio rector del
Plan Quinquenal de Vivienda destacaba
el rol del mercado como instrumento
más adecuado para la provisión
de soluciones habitacionales a todos
los sectores de la población.
No obstante, reconociendo que algunos
sectores no serían capaces de
acceder al mercado de la vivienda sin
afectar otras necesidades básicas,
el gobierno implementó un programa
de beneficencia pública. El mecanismo
más extendido -y casi único-
de política habitacional para
los sectores más carentes fue
la construcción de los llamados
Núcleos Básicos Evolutivos
(NBEs): unidades de pésima calidad
de construcción y apenas 30 metros
cuadrados por familia, producidos sin
referencia alguna a los requerimientos
o aspiraciones de los beneficiarios,
construidos por licitación a
empresas privadas cuyo único
fin es el lucro. El fracaso de este
programa fue evidente: los NBEs construidos
fueron pocos, malos y caros. En respuesta
a este programa, el cooperativismo de
ayuda mutua probó una vez más
ser la alternativa más apropiada
de producción de vivienda social:
con los mismos costos de un proyecto
de NBEs, experiencias piloto promovidas
por FUCVAM en cooperación con
dos ONGs (una de ellas el CCU) y el
municipio de Montevideo, demostraron
la viabilidad de construcción
de viviendas de mejor calidad y el doble
de superficie que el NBE ofrecido por
el gobierno, a partir del control y
la participación de la comunidad
en todas las instancias de diseño
y gestión del proyecto.
Las
políticas de vivienda implementadas
por el gobierno central han sido contrastadas
con la política habitacional
del gobierno municipal de Montevideo
(cuya jurisdicción alcanza a
prácticamente la mitad de la
población nacional). Desde el
año 1989, la municipalidad es
administrada por una coalición
de partidos de centro-izquierda. Pese
a las limitaciones administrativas y
financieras impuestas por la legislación
vigente (desde que la Ley Nacional de
Vivienda fuera modificada en 1991 la
pol¡tica habitacional es competencia
exclusiva del gobierno central), la
ciudad ha impulsado sus propios programas,
basados en una interpretación
diferente de la llamada estrategia facilitadora.
La municipalidad ha promovido una amplia
política descentralizadora, fomentando
la cooperación entre el municipio,
las ONGs y las OCBs para el desarrollo
de programas de rehabilitación
urbana. Por primera vez en su historia
las cooperativas han avanzado en la
recuperación del derecho a la
ciudad, construyendo (reciclando viviendas
antiguas) en los barrios centrales.
También
se acordó con FUCVAM un convenio
para la cesión de tierras a cooperativas
y el desarrollo de un proyecto de innovación
tecnológica aplicada a la construcción
de viviendas por ayuda mutua. El Plan
Nacional de Vivienda 1995-1999 recientemente
aprobado por el Parlamento ha consolidado
la orientación neoliberal de
la política habitacional uruguaya.
Históricamente, el sector privado
había atendido la demanda de
los sectores de ingresos medio-altos
y altos, por lo que sus acciones no
estaban enfrentadas a la construcción
cooperativa. El sector público,
en cambio, había sido siempre
el financiador de los sectores medios
y bajos, incluyendo a las familias cooperativistas.
El actual plan quinquenal altera sustancialmente
esta distribución de roles, priorizando
al sector privado y marginalizando a
todas las formas de producción
social de la vivienda. El gobierno instituye
la competencia directa entre las cooperativas
y la producción mercantil para
la obtención de tierras, subsidios
y crédito, a través de
licitaciones que se ajustarían
a las reglas de juego del libre mercado
sin tomar en cuenta el impacto social
de las diferentes propuestas. En el
plan quinquenal, los recursos asignados
explícitamente a las cooperativas
posibilitarían la construcción
de sólo 300 nuevas viviendas
-al mismo tiempo, el propio Ministerio
reconoce tener registradas en distintas
etapas de trámite a 160 cooperativas,
que significarían la construcción
de 6.500 viviendas, en condiciones de
empezar a construir tan pronto como
se librara el préstamo del FNV-.
La
mayor porción de los recursos
públicos se destinan a la adjudicación
de "certificados individuales"
(una especie de cheque respaldado por
el FNV para la compra de una vivienda
en el mercado) y la construcción
de los fallidos NBEs. Pese a que, objetivamente,
el producto final de las cooperativas
en aspectos constructivos, arquitectónicos,
urbanísticos, de organización
social y desarrollo comunitario es muy
superior al posible de obtener por empresas
orientadas al lucro, estas últimas
actúan con capital, infraestructura
y capacidades instaladas no comparables
con las posibilidades de las cooperativas.
El
movimiento cooperativista de vivienda
por ayuda mutua se ha extendido por
todo el país, transformando el
concepto de propiedad de un gran número
de hogares uruguayos de ingresos bajos
y medio-bajos. La propiedad comunitaria
es defendida como una de las señas
de identidad del movimiento. Ser un
usuario significa considerar a la vivienda
como un bien social y no como una mercancía.
La estructura organizativa de las cooperativas
promueve el desarrollo de relaciones
solidarias, fomentando la participación
madura, responsable y democrática
de todos los miembros de la comunidad
en la toma de decisiones. La tradición
uruguaya de auto-construcción
siempre se había cimentado en
un tipo particular de relaciones solidarias,
apreciables en la contribución
de mano de obra de familiares, amigos
y vecinos, deseosos de "hacer una
gauchada", de "dar una mano",
aunque al mismo tiempo acotadas a una
mentalidad individualista: el objetivo
final era la casa propia, concebida
como la propiedad familiar. Con la propuesta
de las cooperativas de ayuda mutua,
la dicotomía entre propiedad
privada y propiedad pública -común
a todos los otros sistemas de producción
de vivienda en el uruguay- es superada.
Se propone una nueva forma de posesión,
controlada y administrada por la comunidad
en su conjunto, introduciendo pautas
innovadoras para la gestión barrial.
Por otra parte, al elegir la propiedad
comunitaria, el control y la gestión
del proceso de producción permite
optimizar la inversión, resultante
en un mejor producto final.
Con
la misma inversión, la cooperativa
obtiene una mejor calidad que la alcanzada
por los agentes de mercado o el Estado.
Las cooperativas no sólo resuelven
el problema de vivienda de sus miembros,
sino que también asumen el planeamiento
y la gestión de servicios sociales
complementarios. En su historia de tres
décadas, las cooperativas uruguayas
han superado circunstancias socio-políticas
adversas. En los últimos años
han debido negociar permanentemente
con el Estado -tanto a nivel nacional
como a nivel municipal- la transferencia
de recursos necesarios para su desarrollo.
En ningún momento la respuesta
del Estado fue proporcional al número
de familias aspirantes a construir en
forma cooperativa.
Pese
a todo, las cooperativas de ayuda mutua,
estructuras democráticas autogestionadas,
tienen el potencial necesario para iniciar
la auténtica estrategia facilitadora
requerida por los sectores populares.
Esta estrategia, en primer lugar, debería
orientarse a la reformulación
del marco institucional para la implementación
de las políticas nacionales de
vivienda. Ella debería comprometer
la descentralización de responsabilidades
y recursos hacia la sociedad civil y
no hacia el mercado. Las cooperativas
de ayuda mutua han corporizado una serie
de tradiciones uruguayas y recreado
otras, dándoles un nuevo significado:
la experiencia universal del cooperativismo
como forma organizativa, la experiencia
de los autoconstructores relacionada
a la historia del Uruguay como país
de inmigrantes, la experiencia de movilización
y lucha del movimiento sindical que
marcó el nacimiento de las cooperativas
pioneras.
En ningún momento la historia
del movimiento cooperativista uruguayo
perdió su esencia dinámica;
en todas las etapas de su evolución
histórica las cooperativas se
preocuparon por explorar nuevas alternativas
de solución al problema habitacional
de los sectores populares: introduciendo
un nuevo sistema de construcción,
experimentando nuevas tecnologías,
asociando la producción de vivienda
a la extensión de servicios comunitarios,
integrando otros sectores sociales al
movimiento cooperativista.. En un mundo
tan complejo y heterogéneo existen
varias posibles opciones más
allá de la cruda oposición
"Estado versus Mercado". Una
de ellas es la producción social
del hábitat a partir de la propuesta
cooperativa.
Uno
de los elementos distintivos del movimiento
cooperativo uruguayo dentro del elenco
de actores sociales y económicos
relevantes del país, es el ejercicio
real del pluralismo y el respeto a la
diversidad de opiniones, como prácticas
inherentes a la propia esencia del cooperativismo.
Hoy,
el movimiento cooperativo uruguayo está
compuesto por organizaciones del más
diverso origen e integración.
En su seno conviven, y trabajan juntas,
desde las de inspiración socialcristiana,
hasta las de raíz liberal, socialista
o libertaria; desde las que surgieron
a partir del impulso de la Alianza para
el Progreso, hasta las promovidas por
sindicatos a partir del cierre de empresas;
desde las integradas por trabajadores
industriales, hasta las constituidas
por militares, policías, profesionales
universitarios de las más diversas
ramas o productores rurales.
A
diferencia de lo ocurrido en otros países
del continente, el cooperativismo uruguayo
no se ha desarrollado exclusivamente
a partir de la protección de
políticas estatales, y como movimiento,
siempre ha guardado total independencia
de los partidos políticos. En
las organizaciones de base y en las
de integración cooperativa trabajan
por la defensa y la promoción
del movimiento, dirigentes de las más
diversas extracciones políticas
y sociales. La convicción compartida
de que el cooperativismo tiene un papel
importante para jugar en la construcción
del futuro de los uruguayos, ha llevado
siempre a mantener una actitud de apertura
y diálogo con todos los actores
políticos y sociales del país,
buscando hacer aportes y aprovechar
el potencial como solución eficiente
para muchos de los problemas y las necesidades
de los uruguayos.
Desde
el punto de vista del tipo de actividad,
la riqueza del fenómeno cooperativo
en el país, abarca desde pequeñas
cooperativas surgidas en asentamientos
precarios del cinturón de Montevideo,
con la finalidad de mejorar los servicios
de saneamiento o suministro de agua
potable mediante la ayuda mutua, hasta
grandes centrales de comercialización,
responsables de la colocación
de una buena parte de la producción
para muchos de los principales rubros
de explotación agropecuaria del
país.
Dentro
de esta diversidad de ramas y sectores,
existen algunos en los que se ha alcanzado
un importante crecimiento. A modo de
ejemplo, las cooperativas agropecuarias
industrializan y comercializan el 90%
de la producción de leche y derivados;
manejan alrededor del 30% de la producción
de trigo, así como importantes
proporciones de las de girasol, sorgo
y maíz; producen el 5% del arroz
nacional; industrializan y comercializan
alrededor de un 10% de la zafra lanera;
son responsables de un 40% de las exportaciones
nacionales de miel y derivados; producen
más del 50% del azúcar
y almacenan prácticamente la
mitad de la producción agrícola
nacional. Las cooperativas de ahorro
y crédito son las únicas
organizaciones privadas nacionales que
actúan en el sistema bancario
y de intermediación financiera,
brindando servicios a más de
medio millón de asociados, la
enorme mayoría de los cuales
son pequeños y medianos ahorristas,
generalmente no tomados en cuenta por
la banca comercial.
En
otros sectores, las cooperativas de
vivienda reúnen a más
de 26.000 familias de todo el país,
las de consumo abastecen de todo tipo
de bienes y servicios a casi 200.000
familias, las de transporte trasladan
alrededor del 40% de los pasajeros de
Montevideo y las de salud son responsables
de la atención médica
de una importante proporción
de los ciudadanos del país, especialmente
en el interior.
Cooperativas
de Ahorro y Crédito
En
Uruguay, los antecedentes anteriores
a las cooperativas de ahorro y crédito,
más directos de una banca popular,
están dados por las cajas populares.
Las
Cajas Populares surgidas a comienzos
del siglo XX, no adoptaron la forma
jurídica de cooperativa, pues
dicha forma no existía en la
legislación uruguaya. Nacen de
las inquietudes de un movimiento social
católico preocupado por mejorar
la condición moral de material
de los trabajadores, estimulando sus
hábitos de ahorro y extendiendo
los beneficios del crédito a
los pequeños industriales, modestos
comerciantes y productores rurales.
Eran instituciones localistas, dirigidas
por vecinos de la zona donde se intermediaba
el pequeño ahorro para aplicarse
a las actividades productivas.
En
1902, el segundo Congreso de Círculos
Católicos de Obreros promovió
la fundación de cajas populares
como las fundadas en Italia, por Luzzati
y en Alemania por Raiffaisen. En 1911
se constituye la Unión Económica
del Uruguay que tiende especialmente
a la elevación de las clases
populares', con el objetivo de impulsar
la creación de cajas populares
en el interior del país. Las
Cajas Populares eran institutos de ahorro
y previsión del tipo Raiffaisen,
con gran influencia de los sectores
rurales. Tenían como accionistas
a sus propios beneficiarios. No distribuían
dividendos y recibían fondos
en depósito. Con este dinero
más el obtenido de préstamos
personales o bancarios, prestaban a
sus asociados.
Las
Cajas Populares alcanzaron su auge hacia
1959 (en ese entonces existían
47 cajas que captaban el 16% del ahorro
nacional) y tendieron a la desaparición
a finales de la década de los
70, una de las principales causas de
esta desaparición fue la carencia
de un marco legal adecuado. En
el caso de las primeras cooperativas
de ahorro y crédito, surgen a
fines de la década de los '60
y principios de los '70. En 1975 el
Banco Central de Uruguay, autoridad
de supervisión de las actividades
financieras, dispone una "reglamentación
de cooperativas de ahorro y crédito",
regulando a partir de allí, el
capital mínimo obligatorio, lo
planes de ahorro y reglamentos de crédito,
encajes, garantías, etc. Como
hecho significativo del tipo de regulación,
se señala que las cooperativas
no podían: invertir en bienes
de uso propio y gastos de constitución
una superior al 50% de las partes sociales
integradas; realizar, por cuenta propia
o a través de terceros, negocios
u operaciones ajenas a su actividad
financiera específica, u operar
en moneda extranjera.
En
la práctica se conocían
dos tipos de Cooperativas de Ahorro
y Crédito: aquellas que realizarían
actividades de intermediación
financiera ( Cooperativas de Intermediación
Financiera, en la terminología
utilizada por la ley), a seguir siendo
supervisadas por el Banco Central, y
las de "operatoria cerrada",
que solo pueden financiarse con la integración
de las partes cooperativas de intermediación
financiera, con la débil supervisión
de la Inspección de Hacienda.
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